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El Vacío

Ahí estaba de nuevo, asomándose por el umbral de la puerta, cerré mis ojos y esperé a que se fuera. No lo hizo. Oprimió mi pecho, mientras las lágrimas morían en mis labios y trataba de sostener con una mano los ecos de las risas escapándose por un agujero de luz que venía de arriba. Tenía miedo. Apagó cada destello que había dentro de mí y aún así, seguía acompañándome. No estaba sola. Caminaba arrastrando una pesada sombra que no era la mía y dormía con alguien a mi espalda que me hacía despertar con el corazón saliéndose por mi garganta. Era el vacío. Eso que quedó luego que todos se fueron sin advertirme que ese último abrazo y beso sería una despedida.

El vacío de todos aquellos recuerdos esfumándose y perdiéndose en la oscuridad, el sonido de las risas repitiéndose en mi cabeza, como quien trata de no olvidar. Pero sabía que no era real. Estaba sola en esa inmensa oscuridad y el único que me acompañaba era el vacío.

Ahí estaba de nuevo, con la nostalgia estallando en mis ojos y la tristeza convirtiéndose una con mi alma. Cuando te escuché. Con la claridad con la que llamabas mi nombre después de decirme te amo. Un destello de luz. Me levanté temerosa porque mi imaginación me juega muchas vueltas, pero no; ahí estabas. Con tu camisa blanca y tu pantalón gris, con tu sonrisa grande y tus ojos claros, llamándome. Me rescataste.

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La Máquina de Escribir

Hace alrededor de 22 años, el sonido de la máquina de escribir de mi padre era mi canción de cuna. Acostada bajo las sábanas de la cama de mis papás, con el sonido de la respiración de mi madre a un lado; escuchaba de lejos las teclas que mi papá presionaba, mientras yo imaginaba las historias que al día siguiente me contaría.

Esos momentos en la mañana, acostados, todavía en la penumbra del cuarto; me dieron la felicidad suficiente para superar la ausencia de ese hombre que me heredó, entre muchas cosas, el don de la escritura. Compartir nuestras historias inventadas se volvió un ritual, y desde que él murió yo he seguido contándoselas mientras las escribo. Y él me las cuenta en mis sueños.

Escribir se volvió el motor que me ayudó a salir de la depresión y la ansiedad que la muerte de mi papá me dejó. Las palabras se volvieron mi escudo contra la triste y dura realidad.

Mi primer haiku fue de una libélula que busca la libertad en el cielo, esa libélula soy yo, la libertad me la dan las palabras mientras escribo e imagino.

Esta editorial es un sueño hecho realidad, anhelo se vuelva un útero para dar vida a muchos libros, que exciten mentes, que sorprendan lectores.

Escribir y leer es mi vida, este rincón es un pedazo de ella.