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Las Madres son Hadas

Las madres son hadas

Las madres son hadas, son ángeles, son diosas, son creadoras…  Hacen desaparecer nuestros miedos con sus grandes alas blancas, borran nuestras lágrimas con su sonrisa y cuando estamos perdidos en la oscuridad emiten una luz radiante y fuerte que nos hace ver el camino con mayor nitidez, permitiéndonos seguir sin tropezar. La conexión que las madres crean con sus hijos empieza desde el momento en que nos encontramos en su vientre y nunca termina. Es mágica, no contiene palabras ni frases; es única, es especial.   Esa es la misteriosa razón por la cual siempre recibimos de ellas exactamente lo que necesitamos, cuando lo necesitamos y de esa misma forma nos acercamos a ellas cuando las vemos llorar en secreto. Por esa mágica conexión nunca estamos solos en la vida, la llevamos con nosotros desde el momento que empezamos a vivir hasta el más allá. 

Estas mujeres magníficas tienen ojos que ven más allá del presente y utilizan sus visiones para impedirnos el dolor, pero a veces nuestra terquedad es aún más fuerte; luego cuando regresamos desilusionados nunca escuchamos de sus labios: te lo dije, si no, todo va a estar bien. ¡Y gracias a ellas así es!

Podemos hacer muchas cosas sin ellas, pero nunca es igual; siempre necesitamos sus palabras sabias, sus abrazos mágicos, sus sonrisas radiantes y su terquedad de madre.

Son tan fuertes que cuando ya no están en la tierra para hacer su papel de madre se transforman en hadas para darnos su amor por medio de hermosas rosas, para darnos sus palabras por medio de los susurros del viento, para abrazarnos por medio del vuelo de las mariposas y para darnos sus sonrisas a través del arco iris.

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Soledad

Se despertó angustiada, sabía que ya era momento, su corazón latía con fuerza debajo de ese cuerpo débil que había aguantado tanto; tenía miedo, sabía que estaba sola en este mundo y que en ese preciso momento de su vida, no había quien sostuviera su mano o limpiara su frente. Se levantó con dificultad de la cama que la envolvió durante los ocho años mas tristes de su vida, sostuvo con una mano su cintura, tenía la sensación de quebrarse a la mitad últimamente. Arrastró los pies hasta que llegó al baño, lavó su cara, recogió su pelo con una trenza bien apretada; se paró debajo del agua fría, con cuidado de no mojar su cabeza. Esas gotas que mojaron su cuerpo la hicieron recordar una tarde de lluvia que, junto a su padre, decidieron probar agua de nube; dejó escapar una sonrisa, seguida por muchas lágrimas.

Secó su irreconocible cuerpo con una toalla gris con olor a lavanda, que inmediatamente penetró hasta su alma y su mente la hizo visualizar su antiguo cuarto; un espacio inmenso donde su cama quedaba floja, pero donde fue muy feliz, recordó el balcón, que era lo que más nostalgia le producía y aquella vista al mar, el sonido que la arrullaba por las noches de desvelo. Por las mañanas, su madre entraba al cuarto y con un beso la hacía abrir los ojos, sacaba su ropa limpia y olorosa a lavanda, precisamente por eso, del baño donde se encuentra en este momento sufriendo, voló hasta los años donde fue dichosa junto a su familia. Su madre se tomaba la tarea de llenar sus gavetas con lavanda y por eso ama ese olor.

Regresó a su cuarto, sacó un sostén de su armario y mientras luchaba para acomodar sus senos, recordó: “pobre mija, usted nació con la maldición de los Reyes” decía su abuela, refiriéndose a los grandes atributos de las mujeres de su familia. Pensó que ahora están más grandes de lo que recordaba. Se sentó a la orilla de su cama, desnuda, con las piernas abiertas. No recordaba cómo llegó a este momento, una cadena de episodios explotaron hasta que la llevaron ahí, pero ella no los recordaba; quiso escapar y no pudo. Nunca en su vida se sintió más sola que en este momento, mientras su útero se contrae y sus manos tiemblan de temor; ni aún en el cementerio, mientras vio la tierra caer sobre su amante, sus padres, sus abuelos, sus hermanos y sus amigos; se sintió tan miserable como en este preciso instante.

Mientras se para en cuclillas, sosteniéndose de una vieja silla de madera, trata de recordar cómo quedó tan sola, cómo perdió todo y a todos; sus pies tienen la sensación de caminar sobre arena, recuerda los besos interminables bajo la puesta del sol. ¿Cómo pudo dejar todo eso atrás? Huyó de sus recuerdos que se sentían como cuchillos atravesando su corazón pero se sienten aún más fuerte las heridas que le hace la nostalgia.

Apretó duro sus labios, cerró los ojos y con la poca fuerza que quedaba en su interior, pujó. Entre sus manos resbaladizas sostuvo a su hija, el llanto la hizo abrir los ojos y en ese cruce de miradas supo que no estaba sola. Se dejó caer en la cama con ella, con la tijera de costura de su abuela cortó el cordón hasta que dejó de latir; “así será para siempre Soledad, hasta que mi corazón deje de latir, me separaré de ti” susurró.

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Micaela

Bueno Micaela, tengo que contarte tu historia, ha estado guardada en la penumbra de mi memoria, esperando para ser narrada. Era una noche caliente de verano, el aire se sentía espeso, yo aguardaba en la habitación, ansiosa, alumbrada solamente por la tenue luz de una vela gastada, la ventana estaba abierta pero el cuarto seguía sintiéndose asfixiante. Oía murmullos en la otra habitación, me acerqué a la puerta media abierta, y ví admirada la imagen de tu madre dando a luz, en cuclillas, con una trenza desparramada en su hombro, tenía un trapo en la boca apretado por sus dientes y su cuerpo lleno de sudor. Con ella estaba la comadrona, Doña Elvira, quien asistía los partos de todas las criaturas en Santa Clara. Era una mujer de apariencia débil, canosa, iba acompañada por un olor a hierbas y humo todo el tiempo. De esto han pasado ya casi 40 años, pero todavía recuerdo a esa mujer con sus largas faldas negras, quien me obligaba a ayudarla a asistir los partos de algunas de las empleadas de la hacienda, a escondidas de mi padre, por supuesto; quien de haber sabido esto, la hubiera mandado a quemar; esos eran otros tiempos, cualquiera que curara con hierbas o hablara de magia, era bruja y la mandaban a la hoguera. Doña Elvira era respetada y temida por sus hechizos y conjuros, nadie la veía directamente a los ojos, sus pies arrastraban muchas historias… Te ves ansiosa Micaela, ten paciencia, a mi edad la mente me juega muchas vueltas.Tu madre, Elena, tenía el pelo fino, largo y negro, era delgada y pálida. Nunca supimos de tu existencia, hasta que tu madre a la hora de la cena dejó un charco de agua en su silla, mandaron a llamar a Doña Elvira, y a todos los patojos nos mandaron a los cuartos a dormir. La imagen de tu madre se quedó grabada en mi mente, incrustada en mis pensamientos, es como si la estuviera viendo otra vez en su dolor. Luego de unos cuantos pujones, apareció lo que parecía una cabeza peluda, eras tu; chiquita y arrugada, roja y peluda. Pero a los ojos de tu madre, eras la criatura mas linda de la tierra. La comadrona era quien ponía los nombres a los niños, por eso en Santa Clara habíamos muchas Marías, Rosas, Pedros y Franciscos. Pero tu fuiste la excepción, cuando tu madre te puso en su pecho por primera vez dijo que te llamarías Micaela, feo nombre para una criatura, pero iba con tu apariencia. Mi padre subió rápido pero cuando se enteró que ya había nacido su primer nieto, bajó desilusionado al ver que era mujer. Creo que ahora ya no se arrepiente que no te pudiera llamar Rodrigo, como él siempre deseó, porque el poco tiempo que estuviste con nosotros, él te trató como si fueras hombre. Lástima que no pudiste conocer a tu mamá, era como tú, no se quedaba callada nunca, preguntaba todo. Algunas personas no nacemos para estar aquí mucho tiempo. Ese era el destino de tu mamá, estar contigo solo por poco tiempo. Al morir ella, yo era la más grande de las hijas y la locura de mi mamá le impedía hacer el trabajo de madre, así que tuve que empezar a criar un bebé. No sabía que hacer, pasabas con hambre y sucia mucho tiempo. Yo te dejaba en tu moisés, y me iba a cabalgar. Cuando la nana se dio cuenta, ella decidió cuidarte. Pero un día al regresar me dijeron que te habían llevado, no me dijeron quién. Y así fue como llegaste y te fuiste de mi vida, como la luz de las estrellas fugaces en el cielo.

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Lo valioso trasciende.

¿Qué es lo más valioso para ti? Yo podría decir que para mí, lo más valioso es mi familia. Aunque siendo honesta no siempre fue así.

Hace unos años atrás no valoraba la compañía de mi familia. No lo veía como el privilegio que es, sino más bien como algo normal. Por lo que no era intencional. No buscaba conservar memorias de nuestros tiempos juntos.

Hace dos años aproximadamente, situaciones académicas, familiares y laborales me llevaron a emprender un camino lejos de casa. A mis 19 años comencé la travesía de vivir sola.

Si tú sos joven, no quiero que te asustes. Es toda una aventura vivir solo. Aprendes demasiado de la vida y de ti mismo. Lo recomiendo muchísimo. Sin embargo, el tema familia fue algo difícil para mi.

Creo que el no ser intencional cuando tuve la oportunidad, pasó factura luego. Lamenté mucho no haber estado más presente, abrazar y disfrutar más.

A veces pasamos por alto muchas cosas porque son nuestro “normal”. Pero cuán importante es estar presente para los que amamos y nos aman.

Actualmente vivimos en un mundo donde la tecnología nos atrapa tanto que se nos olvida convivir. No le prestamos tanta importancia a las conversaciones con nuestros Papás, pero si a las fotografías en Instagram.

Algo que aprendí durante este tiempo es que lo valioso trasciende. Lo que realmente importa, por más que se vea distinto, allí está.

¿Que quiero decir con esto? Mi relación con mi familia ya no es exactamente la misma. Claramente no puede ser así, vivo lejos de casa y eso es demasiado distinto a cómo era antes. Sin embargo, ha trascendido.

Aunque ya no es como antes, perdura. Aunque ya no nos sentamos juntos a la hora de la cena, buscamos otras alternativas para estar presentes en la vida del otro.

Hoy quiero dejarte dos cosas:

  1. Se intencional. Si tú aún vives en casa con tu familia, disfrútalo. Todo cambia, y eso algún día dejará de ser como es hoy. Trascenderá, por supuesto que si. Pero mientras tanto disfrútalo. Está presente. Aparta el celular y escúchalos con atención, crea memorias junto a ellos.
  2. Siempre hay una segunda oportunidad para empezar a valorar lo que algún día pasamos por alto. No te abrumes si estás enfrentando cambios. Aún en medio de los cambios hallarás otras alternativas para disfrutar tu tiempo en familia, porque lo valioso trasciende.